Antigua bodega Aguinaga - En algún punto de La Paz, Mendoza



Trazar una cruz sobre la tierra con un cuchillo, rezar a Santa Clara o a la Virgen de la Carrodilla, marcar una cruz con sal o simplemente clavar un cuchillo en la tierra, son sólo algunas entre tantas creencias que se tienen en el campo para ahuyentar al temido y oscuro fantasma de las tormentas. Pero no siempre estos conjuros cumplen su cometido y las tormentas finalmente llegan, trayendo consigo malos augurios y arrebatando al productor de sus manos cansadas el sueño de todo un año de trabajo: obtener una fructífera cosecha.
Esta es una historia en donde el poder de nuestra madre tierra (como siempre, superior al deseo de los hombres), se llevó consigo las manifestaciones del trabajo de varios años... Corría la década del cuarenta en Mendoza, época en que vertiginosos procesos de crecimiento y cambio -impulsados por el liberalismo económico, la industrialización acelerada, las transferencias científicas y tecnológicas, el protagonismo de la gran inmigración (principalmente italiana) y las nuevas comunicaciones- llevaron a un gran auge en la vitivinicultura.

Hoy, más allá de la pérdida de sus hermosos techos de pinotea y caña, el desmedido saqueo de las tapas de sus piletas y equipos de bombeo (entre otras tantas cosas), sigue luciendo hermosa e imponente, albergando silenciosamente recuerdos de una Vieja La Paz productora de vinos, verduras y frutas, orejones y pasas, pero sobre todo, a esa La Paz productora de sueños.


No eran los vinos que se producen hoy en día, hubieron problemas para alcanzar una buena calidad, principalmente por la errónea tendencia a elaborar con uvas mediocres de alto rendimiento y, en muchos casos, por problemas derivados de no fraccionar en origen. Imaginen la triste escena de ver litros y litros de vino corriendo por las acequias, sumada a la erradicación de viñedos, pretendiendo así neutralizar los males. Pero esa crisis de la que hablamos fue posterior al 1947, año en el que la Sociedad de Hecho de los hermanos Felix Roberto y Carlos Aguinaga cumplia su gran anhelo comprando esta bodega, la cual remodelaron sumando piletas subterráneas y trabajando arduamente, en conjunto con las tareas de labranza de 140 hectáreas de viña. Transcurrieron tranquilos años de bonanza, llegando a producir en un momento más de 15 mil hectolitros de vino, hasta el momento en que la naturaleza mostrara su peor cara, castigando al cultivo con copiosas mangas de piedras e intensas heladas tempranas (seguidas de pestes y plagas como conocido resultado), que llevaron a una significativa e irremediable baja en la producción y por lo tanto a una importante pérdida de capital. No se pudieron renovar las sulfatadoras ni tampoco la ilusión, y fué así que la Bodega Aguinaga cerró sus puertas definitivamente en 1975. 





Muros en Pie de casona en finca de Rodeo del Medio



Robustas pilas de paja y barro que van formando viviendas, rústicas fortalezas con techo de caña que aún hoy – en distintos estados de conservación- pueden apreciarse custodiando numerosas fincas de Mendoza.


En ellas seguramente se alojaron familias numerosas, donde en conjunto, padres e hijos labraron la tierra de sol a sol, siendo viñedos, frutales u hortalizas los que de alguna forma les prometieran aquel modesto pero anhelado porcentaje de ganancias, el que correspondía al contratista. Y es que sólo el fantasma de alguna helada temprana o una “manga” de piedra serían los encargados de arrebatarle ese sueño.





Por esos años, no se miraba al trabajo infantil como algo negativo,  es que ayudar a los padres con los quehaceres rurales no era nada más rendirle mejor al patrón con bajos costos operativos, sino buscar entre todos el pan, compartir momentos, aprender y formarlos para el futuro.

La escuela quedaba lejos, a veces a varios kilómetros, y no todos tenían la dicha de poder asistir a clases. Cuesta imaginar a “pequeños grandes niños” manejando tractores, o cargando al hombro pesadas azadas para controlar el turno de riego o erradicar maleza entre hileras o surcos, pero eran otros tiempos…




Hoy, gran parte de los jóvenes se aleja del campo, buscando nuevos horizontes profesionales en una acelerada pero prometedora vida de ciudad, sin saber quizás que la actividad rural se desploma lentamente con su partida, quedándose sin mano de obra, con amplias superficies de cultivos sin cosechar y hasta sin cultivar, dando lugar entonces a la creciente  tendencia de erradicar fértiles tierras para construir modernos complejos habitacionales…





Los tiempos cambian, y como viejos sabios que nos cuentan sus historias, también hay muros que nos dan su testimonio.





Viejo Taller de Maquinarias - En algún lugar de Las Heras










 




En nuestra visita a Minas de Salagasta (próximamente publicaremos un nuevo post dedicado exclusivamente a ellas), encontramos anclados y lejos de la “civilización” muros desgastados, con rastros de suciedad, donde claramente existió un sitio muy importante, destinado a la reparación y acondicionamiento de pesados vehículos. Hacemos referencia al Taller. 

 


Durante décadas y hasta la actualidad, el taller, sobre todo en lejanos asentamientos, ha sido un espacio imprescindible, un lugar repleto de partes de recambio, de viejos tambores con fluidos lubricantes y/o combustibles y múltiples herramientas, lo indispensable para poder realizar allí, las reparaciones que sean necesarias, a fin de que ninguna máquina deje de operar por largos períodos de tiempo.
Su importancia en estos escenarios no cambió, pero el tiempo y sus caprichos siempre hacen de las suyas... Y hoy en día quienes se van a ocupar de las reparaciones y mantenimientos son personas altamente calificadas, siendo técnicos o ingenieros, desplazando así a esos viejos herederos del oficio, que seguramente desde niños fueron acompañando a su padre y aprendiendo con él y junto a él los quehaceres de su trabajo, que seguro fue su abuelo quien también transmitió. 

Eran años en que las manos estaban presentes en cada instrumento de trabajo, en la creación y el andar, lejos de esta actualidad donde megamáquinas - monstruos metálicos sin alma- cruelmente reemplazaron, dejándonos sin esa mirada compartida entre un padre y un hijo al sentir que ese motor volvió a funcionar, que el trabajo fue bien realizado y que es tiempo de un mate espumoso antes de empezar con otra compostura.



Viejo almacén de Ramos Generales - En algún lugar de La Dormida

El nombre de La Dormida, recuerda a esa vieja posta a la vera del camino entre Mendoza y San Luis, que por ser él posadero y maestro de la posta un hombre de color, este lugar fue llamado por muchos viajantes como La Dormida del Negro. Todavía podemos ver algunos vestigios de este pasado lejano y también algunos, más presentes en nuestra memoria, como lo es un Almacén de Ramos Generales. Estos establecimientos jugaron un papel importante en la vida de muchos pueblos, pero como nada es inmune al paso del tiempo fueron desapareciendo, y con ellos se llevaron muchas historias, el vaso de vino con soda, la yapa y hasta costumbres. Hoy nos resulta triste reconocer que en la mayoría de los casos se trate de las buenas, las sanas, esas que tenían nuestros abuelos… Una de aquellas tantas es el legendario fiado, esa promesa de pago inquebrantable que dignificaba la palabra del hombre, que en aquel entonces era lo más valioso que se tenía, y que hoy en día casi ha desaparecido. 



En zonas rurales sobre todo, donde la mayoría era conocido (pues se sabía el nombre del vecino que se tenía a kilómetros de distancia), el fiado era una pieza fundamental en la economía de familias y almaceneros. Tener una Cuenta Corriente en el almacén, era todo un privilegio, señal de que se era buen pagador. No se precisaba garante alguno o adelantos, bastaba solo con apuntar prolijamente los gastos en una libreta, la que a fin de mes -cuando se cobraban las labores de la finca- era lo primero que se pagaba. Se vuelve inevitable viajar en el tiempo por un instante e imaginar como serían esas las tiendas de ramos generales abarrotadas de productos por aquellos años, con macizos mostradores de noble madera y hermosas molduras como adorno, sosteniendo firmemente a dos infaltables objetos del lugar como la balanza mecánica y la caja registradora, símbolos excluyentes del lugar. Las robustas estanterías colmadas de mercancías, no hacen más que generarnos nostalgia porque ya no están, ya no forman parte de nuestro presente. Hoy nos veríamos asombrados por la variedad de artículos conviviendo en un “armonioso desorden”: galletas y grisines en sus inolvidables cajas metálicas con ventanita de vidrio, yerba mate en bolsas de arpillera, huevos recién recogidos del gallinero, la canasta del pan recién horneado, la leche fresca en botellas de vidrio, latas con dulce de batata y membrillo, escobas y plumeros colgando entre embutidos y chacinados, barricas de vino, licores, damajuanas enfundadas en mimbre y coloridos sifones de soda, cajas con fósforos de madera, velas y mechas para faroles o para las estufas a kerosene, coloridos frascos con canicas para los más chicos, y hasta quizás una que otra bicicleta... 



Mención aparte merecen los letreros publicitarios que en un primer momento fueron pintados a mano – verdaderas obras de arte- con clásicas marcas que con el paso del tiempo se hicieron grandes empresas. Al recrear todo este ambiente uno llega a pensar que la competencia entre comerciantes es cosa más de nuestros días y que en ese “antes todo era mejor” de nuestros abuelos, no existía con tanta frecuencia este absurdo de competencia desmedida. Pero parece que no, ya que Don Sanchez nos contó que su madre tuvo que lidiar con continuas denuncias del dueño del otro almacén del pueblo, un turco que acusaba de que en este local se vendía grapa y anisado, bebidas prohibidas en la época. 



Así como llegaban denuncias llegaban inspectores que una y otra vez revisaban al dedillo la propiedad, llevándose la cara larga al nunca encontrar nada. Parece que el Turco mentía o parece que a los inspectores nunca se les ocurrió buscar grapa bajo el pestilente gallinero o tener la suerte de encontrar, en la esquina del secadero de frutas, una contratapa secreta, que aún hoy guarda el aroma del anís, varios secretos y el calor de una charla de amigos compartiendo una buena copa...



Ex Bodega La Alicantina - En algún lugar al este de Mendoza

Bien sabemos todos que el agua es vida, y es por eso que en nuestra provincia la defendemos tanto. Esta es una historia donde el agua dejó de llegar, borrando así primaveras de frutos en flor y vendimias de tachos al hombro. El oasis productivo del este, supo estar más al este de lo que lo conocemos hoy, y bodegas, secaderos y demás construcciones así lo demuestran. 


No hace falta mucha imaginación ni viajar en el tiempo años atrás para recrear esa época con abundantes plantaciones de vides, frutales, chacras de verdura, gente de campo, vida... La creación del dique El Carrizal, con sus pro y contras, para regular el agua, sumado a diversas causas como deudas en los derechos de riego, produjeron una gran modificación en el paisaje. Volvió, como en todo lugar donde el agua deja de fluir, a resaltar el desierto, quedando atrás ese verde hermoso de nuevos brotes. 


Como ya hemos dicho, y respetando nuestro principal objetivo, no daremos direcciones ni nombres que puedan hacer llegar a este sitio a personas con malas intenciones, pero vale rescatar que el nombre de esta bodega hace mención al lugar de origen de sus dueños inmigrantes, que como muchos otros bodegueros hicieron de Mendoza su tierra, trayendo sus conocimientos y ganas de progresar, transformando junto al ferrocarril la industria del vino. 



Llegamos hasta estos muros débiles y olvidados, y cada paso dado en la soledad del establecimiento, retumba en la lejanía de pasos pasados, trayendo al presente el ajetreo de alguna vendimia, el ir y venir de los hijos del dueño en la casa contigua a la bodega, o la mirada de ese guardián silencioso, vestido de blanco, que se acercó a controlar a esos intrusos en busca de recuerdos...


Vieja estación de servicio - En algún lugar de Sta Rosa, Mendoza

En ese afán cotidiano de las personas, la mayoría podría decirse, de obtener ingresos o rentas a lo largo del tiempo se llevan adelante diferentes tipos de inversiones, donde creen calcular todo para no fallar, no dejar nada librado al azar, considerar todas las posibilidades… Pero esos ingresos que buscan para gozar por mucho tiempo, se producen en el tiempo y ese tiempo indefectiblemente produce modificaciones.



Para muchos una Estación de Servicios a la orilla de una Ruta Nacional como la 7 sería un sueño, una inversión sobre seguro. Pero los destinos los traza el tiempo y parece que las rutas también, porque hace muchos años esa ruta dejó de ser nacional para convertirse en la provincial N°50, cambiando la suerte de modo amargo para quien soñó y vivió días de tráfico intenso que hoy parecen solo una ilusión…

El progreso puede crear rutas pero los nuevos caminos los abrimos nosotros y seguramente la suerte volvió a sonreír a quien la previsión le fallo pero no la bomba que llena el tanque de sus sueños.




Ex Bodega Grosso - En algún lugar de Guaymallén, Mendoza

Será que la mayoría de las personas ve simplemente escombros, muros maltratados duramente por el paso de los años, débiles estructuras a punto de derrumbarse o simplemente lugares peligrosos y desolados que ya nada transmiten o generan... Estarán esperando, ansiosos seguramente y hasta con desesperación, la llegada de la modernidad, del asfalto, de las grandes obras arquitectónicas, de aquello que algunos llaman progreso. Para Nosotros, en cambio, son ruinas vivientes de lo que alguna vez fué, testigos eternos quizás de innumerables hechos que de alguna manera cambiaron el rumbo de muchas personas, de hasta nuestra sociedad y que albergan en la mayoría de los casos historias de importantes y/o interesantes personajes. Como no considerarlas a ellas, donde gran parte de nuestro patrimonio cultural cuyano se encuentra en esas, Nuestras viejas Bodegas…



Nos preguntábamos cuántas veces habríamos pasado por el mismo lugar, “mirando sin mirar” aquellas paredes de barro y paja tan desgastadas, misteriosas e imponentes, silenciosas, que se mantenían erguidas gracias a su sólida y robusta construcción de antaño, sobreviviendo increíblemente a sismos y terremotos, quizás para hacernos saber que todavía estaban allí y que tenían algo para contarnos. Nos preguntábamos, además, como el tiempo pudiera detenerse de tal manera en aquel sitio, como haciendo frente al imparable crecimiento urbanístico de sus alrededores.
Tuvimos la suerte, aquel día, de cruzarnos con el actual propietario de esa vieja y estropeada bodega que tanto llamaba nuestra atención, era Don Juan Carlos Grosso, quien hubiera obtenido legítimamente por herencia de sangre, las escrituras del lugar, el que se hubiera construido a principios del siglo pasado. Podía apreciarse sin esfuerzo alguno, que Juan era un amable personaje con cierto aire de tristeza, algo desdibujado, un hombre joven pero al parecer maltratado por los duros golpes de la vida, ya que repetía entre frases que ese lugar lo deprimía, quizas añorando esas viejas épocas donde el trajín de gente y el ir y venir era enorme. Bastaba mirar sus vidriosos ojos azules para darnos cuenta que tendríamos que ser respetuosos y tener cuidado al preguntar. Pero igual de buena manera Don Juan se ofreció sin dudarlo un instante a abrirnos las enormes puertas de un viejo galpón al que nadie había ingresado en años, donde abundaban las telarañas y el estiércol de aves y roedores. De repente, ante nuestra mirada perpleja: un impecable Chevrolet Super Sport de los años 60, junto a una gran cantidad de maquinarias propios de una bodega y de antiguos objetos, la mayoría ocultos bajo una excesiva cantidad de polvo, que nos obligaba a imaginar lo que habría sido aquel lugar en sus épocas de bonanza.



No faltaron esos cómplices rayos de luz que ingresaban por las paredes y techos, haciendo mágica la estadía, y generando un perfecto escenario para plasmarlo todo en fotografías. Juan Carlos, desde un rincón, no hacía más que observarnos pensativo y algo desconcertado, al parecer sin comprender aquellas sensaciones que generaba en Nosotros todo aquello que él tanto despreciaba. El establecimiento en sus épocas de gloria supo cobijar en los piletones hasta un millón de litros de vino, y se embotellaban marcas como “El Piamontés” y “Contrapunto”, además de la propia marca “Vinos Grosso”. La materia prima era pesada, como hoy, a la entrada, con una báscula, pero en este caso la báscula mostraba sus años, porque su tamaño considerablemente pequeño, nos hace imaginar el tamaño que tendrían los camiones que ingresaban a descargar. Tuvimos la dicha, también, de poder recorrer toda la propiedad, incluyendo la vieja casona donde actualmente vive Juan Carlos de un modo muy solitario con su esposa y sus mascotas, rodeado de maravillosas antigüedades y un extenso jardín.






Supimos que el establecimiento cerró sus puertas definitivamente hace ya unos 40 años. El abuelo de Juan habría perdido en aquel entonces a su única hija, a causa de una grave afección cardíaca que por esos años no tuviera cura alguna. Aquel triste episodio, no le habría permitido seguir adelante. Actualmente, debido a la gran extensión de terreno que con cierto desgano posee Juan, funciona con poco éxito un depósito de camiones.
Nos despedimos de Juan y su esposa rápidamente, agradeciendo tan buena atención, es que no queríamos abusar de su buena predisposición y amabilidad. Más que conformes y victoriosos, partimos del lugar con ansias de encontrar en el camino algún otro sitio semejante. Quien pudiera saber cual será el destino que le espera a tan antigua construcción, a esas eternas paredes olvidadas por muchos…

Una vez más comprobamos, que los muros mueren de pie y tienen historias para contar.

Vieja Casona abandonada - En algún lugar de Lavalle, Mendoza

Dicen que en la Pampa, el estanciero gusta de hacer su casa en el centro del campo, por la tranquilidad, vio? Pero en Mendoza no, la cosa es distinta… Acá, la casa de la finca se hace cerca de la calle, para estar conectado, para ver al lechero, al vecino o al Juancho pasar, y si este se queda a tomar unos mates mejor!


La construcción varia del lugar y de las costumbres que ahí se tengan, es por eso que esta casa es la típica casa de finca de esa Mendoza antigua, donde la calle era de tierra y pasaban más sulquis que autos. No existían tantos medios de comunicación como hoy, entonces se buscaba estar cerca camino para “chusmear”.
El adobe, esa mezcla perfecta de barro y paja, daba forma y cobijo, con un techo de cañas recubierto con barro que creaba un ambiente ideal para el verano y el invierno., Y el infaltable cielo raso que habremos visto en nuestras infancias... Luz casi seguro no había, porque ahí se trabaja de sol a sol, como mucho una vela o lámpara a gas, que daba lugar a esos fantasmas que en toda familia recuerdan historias de alegrías y tristezas, de épocas de bonanza y de carestía, o al abuelo que algunos juran todavía verlo pasar con la boina puesta. 



La cocina, estaba por fuera, conectada por la galería, y el tizne hoy presente deja constancia de esas manos revolviendo un guiso, calentando una leche o fritando unas tortas fritas…
Y en esas ironías del destino, no es yuyo cualquiera el que se va apoderando de esos muros hoy tristes, sino una parra silvestre que se arrastra mostrando su belleza y la añoranza de esos tiempos en los que supo estar erguida.




Vieja Estación Ferroviaria Lagunita - Guaymallén, Mendoza

En nuestro vasto territorio argentino, en el andar de un lugar a otro tu mirada muchas veces se termina cruzando con una estación de tren a la vera del camino. Y como no hacer para retener en la pupila esa imagen, buscar en la memoria el sonido de un tren al pasar y pensar en toda la gente que en algún momento de su vida estuvo ahí, viajo o espero a que se levantara la barrera para continuar…
Hoy la mayoría de las estaciones del ferrocarril están abandonadas, usurpadas, re utilizadas o destruidas, dejando atrás las huella de miles de personas que en su momento pisaron esos andenes y cruzaron esas vías.
Fue la tarde del 10 de marzo de 1993 cuando partía el último tren de pasajeros de Mendoza, por eso hoy, 23 años después retrataremos la Estación Lagunita, en El Bermejo, Guaymallén, donde el tren todavía puede verse pasar, no es la ilusión de algún loco pero podría serlo, aunque nunca se detiene en la estación, porque ahora es solo simplemente un tren de carga que sigue adelante…dejando sueños atrás. En algún rincón de la memoria de varias personas está esa anécdota que estamos esperando, que esperamos despertar al ver estas fotos, y que si querés contar habremos logrado un paso en nuestro objetivo.




Los galpones de Lagunita fueron reutilizados como Centro Cultural y su boletería como casa de vivienda familiar, devolviendo a sus muros algunas sonrisas, pero nunca tantas como cuando la formación se detenía para cargar y descargar pasajeros, que aún hoy esperan volver a subir al vagón del cual nunca quisieron bajar.